domingo, 14 de septiembre de 2008

Ahora es cuando

Y acá estoy... tranquilo, muy tranquilo. Supongo que porque sé que “el barba” me lleva los papeles. Así es, me ha sacado de más de un quilombo ese muchacho. No sé... le caigo simpático.
Nunca digo que “soy un tipo de suerte”. No lo digo, porque me pienso un luchador. Eso sumado a que nunca tengo mala leche, que todo lo que hago, lo hago de corazón y con el corazón. Entonces, es como que a cualquiera en mi lugar, en mi situación, la cosa le hiría bien. Y no paro de agradecerlo.
A parte, tampoco pido cosas inalcanzables. Lo único que quiero es mi casa con mi morocha adentro, la familia con salud y unida, y de tanto en tanto, juntarme con los dos o tres amigos que tengo a tomarme un buen tinto. Para qué más, no?
Pienso que a veces no somos conscientes de la cantidad de cosas alucinantes que tenemos. Cosas que están ahí, y pasamos adelante de ellas sin prestarles gran importancia. Un claro ejemplo de esto, me pasó hace muy poco tiempo. Recuerdo que era de noche, para ser más exacto a la madrugada. Ivamos por Corrientes con Adrián, en eso llegamos a Callao, y el chabón que se queda parado y mira hacia arriba. Parecía Forrest Gump el loco. Y se quedó así unos cuantos segundos. Entonces le digo: “Valija... te sentís bien?”. El tipito que me mira y me contesta: “Mirá para arriba Tincho. Mirá y fijate de todo lo que todas las noches nos perdemos cuando pasamos por acá”.
De movida, pensé que me estaba gastando. Pero por esa cuestión respetuosa que tengo para con él, le di bola y miré hacia arriba. No lo pude creer. La intersección de Corrientes y Callao es una verdadera obra de arte. Si uno levanta la sabiola y detenidamente mira los edificios que hay en esas cuatro esquinas, de verdad que flipéa.
Y estoy hablando de edificios. De algo tan común como es la fachada de un edificio.
Esa noche, en la que Adrián me hizo levantar la cabeza y mirar algo que está ahí, y que uno no le da ni cinco de pelota, comprendí que más de una vez, habría que tomarse un par de segundos más de los que generalmente nos tomamos en observar, en sentir, en palpar, en oler las cosas que realmente conviven a diario con nosotros.
Pensamos que las cosas y las personas van a estar ahí siempre. Y según lo que pude comprobar con mi humilde experiencia no es así.
Hace unos años atrás era el cumpleaños del Chiche, mi abuelo. Laburé durante todo el día, me senté a cenar y me acordé del cumple del viejo como a las once y media de la noche. Me dije a mí mismo: “Lo llamo mañana, hoy estoy muy cansado”. Por supuesto que al otro día tampoco lo llamé. Y a los tres días del ya pasado aniversario de mi abuelo, llamó uno de mis hermanos para decirme que el Chiche se había muerto.
Dejemos de joder, dejemos de postergar pensando que nos queda mucho tiempo para cualquier cosa. Todos tenemos ciento un ejemplos de que esto no es así. Todos alargamos y no nos damos cuenta de que muchas veces estamos jugando los últimos minutos del segundo tiempo.
Entonces, si aceptan el consejo de un boludo, hagan la que tengan que hacer hoy. Dentro de un rato puede ser muy tarde, o como decía el gordo, el papá de Adrián: “Mirá que después no sirve,eh?”.
Entonces, si discutieron con sus viejos, si se carajearon con alguno de sus amigos, si sienten que hay alguien a quien en carácter de urgencia tienen que decirle: “Te amo”... No lo duden ni siquiera una milésima de segundo. Es mucho más tarde de lo que creémos. Y ahora... ahora es cuando.

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